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Otis y el origen del ascensor

Bs 04x02 · 22min.

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Podcast / Otis y el origen del ascensor

Esta semana hablamos de una marca de altura, que sube y baja. Vamos a contaros el origen de los ascensores. Conoceremos a su inventor Elisha Otis y veremos los éxitos de su marca: Otis Elevator Company.

Cuesta hacerse a la idea de que, antiguamente, el único acceso que había a edificios de varias alturas era la escalera. Tecnológicamente ya había soluciones en este sentido desde mediados del siglo III a. C., según contó el arquitecto romano Vitrubio. Al parecer Arquímedes construyó el primer ascensor de la historia en el año 236 a. C.. Del mismo modo se han encontrado escritos posteriores que hacen referencia a unos ascensores que existieron en un monasterio de Sinaí (Egipto). Al parecer fueron construidos con cabinas sostenidas con cuerdas de cáñamo y funcionaban manualmente o tiradas por animales.

Posteriormente en el ‘Libro de los Secretos’, Ibn Khalaf al-Muradi describe un elevador que había en la España islámica. Resulta que se usaba para elevar arietes muy pesados para destruir fortalezas. Durante el Medievo se usaron sistemas de transmisión basados en molinetes y grúas, pero el invento más revolucionario de esa época fue la transmisión por tornillo.

En el siglo XVII, en los palacios de Francia o Inglaterra se empezaban a ver prototipos de ascensores. Por ejemplo, Luis XV de Francia tenía en el castillo de Versalles una ‘silla voladora’ que había mandado construir para una de sus amantes, en 1743. Pero el primer ascensor de tornillo fue instalado en el Palacio de Invierno en 1793, gracias al inventor Ivan Kulibin.

Con el desarrollo industrial –tema que abordamos cuando analizamos la marca AEG surgió la necesidad de subir materiales pesados y moverlos por las alturas y las laderas de las montañas. La industria que más se benefició de esto fue la minería, por eso desarrollaron unos ingeniosos elevadores a vapor. Este sistema fue muy tan novedoso, que un par de arquitectos británicos, Burton y Horner, vieron que detrás había un lucrativo negocio; y en 1823 instalaron en Londres este sistema para subir a la gente a cambio de unas monedas. El resultado fue que la gente se daba de tortas por subir a la ‘Cabina de Ascensor’ (que es como la llamaron) para ver toda la ciudad desde las alturas.

Años más tarde, en 1846, Sir William Armstrong inventó la grúa hidráulica para mejorar la carga y descarga en los muelles de Tyneside. El sistema se inspiraba en la Ley de Pascal y se valía de una bomba de agua que inyectaba presión a un émbolo encerrado dentro de un cilindro vertical, que permitía subir y bajar el nivel de una plataforma. Además se incorporaron contrapesos y balanzas que aumentaron la potencia de elevación y pusieron fin a los ascensores a vapor.

Aquellos fueron años frenéticos para todo lo relacionado con patentes y marcas. En 1851, Waterman ideó lo que sería el primer montacargas. Se trataba de una simple plataforma unida a un cable, que permitía subir y bajar mercancías y personas. Lo cierto es que aquellos sistemas dieron más de un susto –por no decir que le costó la vida a varias personas–. Una vez mejoradas las plataformas (ya las había con luz, con bancos para sentarse e incluso algunas estaban decoradas con maderas nobles), la seguridad empezaba a ser una preocupación.

Consciente de la importancia de la seguridad en los sistemas de elevación, en 1852 Elisha Otis diseñó un ‘elevador de seguridad’. Así evitaba la caída de la cabina en caso de que se rompiese el cable. Pero antes de inventar su ascensor, Otis había tenido una vida bastante movida.

Con 19 años se independizó de sus padres en Vermont, fue maquinista de trenes durante 5 años, se casó, tuvo 2 hijos y casi la palma por una pulmonía. Con unos ahorros creó su propio molino de harina, le fue mal y lo convirtió en un aserradero. Como necesitaba dinero para sacar adelante a su familia comenzó a construir vagones y carruajes. Y según cuentan algunas fuentes, no se le daba nada mal. Pero la fatalidad le esperaba a la vuelta de la esquina. Su mujer falleció y se quedó solo con sus dos hijos, de 2 y 8 años.

Tras este revés volvió a empezar de nuevo, se volvió a casar, y se mudó a Nueva York para trabajar en una fábrica de juguetes. Como dominaba el oficio y estaba cansado de fabricar 12 muñecas al día, dedicó parte de su tiempo a inventar un robot para que hiciese el trabajo por él. Y lo consiguió.

Creó y patentó una máquina capaz de fabricar 50 muñecas al día por la que su jefe le dio una paga extra de 500 dólares de la época. Pero aquel invento supuso algo más, fue la primera piedra sobre la que construyó su propio negocio. Otis alquiló un local y empezó a trabajar en un freno de seguridad para detener a los trenes al instante y un horno automático para hornear pan. Pero le cortaron la electricidad y de nuevo su tuvo que cambiar de ciudad. En Nueva Jersey trabajó de mecánico en un aserradero abandonado que al parecer se iba a convertir en una fábrica de camas. 

Otis tenía ya 40 años y seguía trabajando en aquella fábrica. De nuevo estaba aburrido de hacer siempre lo mismo, y de nuevo su fuente de inspiración fue la rutina. Un día, mientras limpiaba y subía maquinaria y materiales pesados a las plantas superiores de la fábrica, Otis se acordó de unas plataformas de elevación de las que había oido hablar. Lo cierto es que tenían fama de no ser muy fiables y él no quería jugarse el bigote, así que cogió a su hijo y juntos empezaron a diseñar un sistema más seguro. Y de nuevo lo consiguió.

Su ‘elevador de seguridad’ funcionaba y era excepcionalmente seguro. Inicialmente no tenía pensado ni patentarlo ni venderlo, hasta que se fue corriendo la voz de su seguridad y vendió varios ascensores. Visto el éxito, se lo ofreció al dueño de la fábrica de camas donde trabajaba, pero éste lo rechazó. Tras esta negativa siguió recibiendo pedidos de ascensores y decidió dejar la fábrica y fundar Union Elevator Works aunque poco después cambió el naming de la compañía por Otis Brothers & Co.

En 1854, Elisha Otis viajó a la Feria Internacional de Nueva York para promocionar su invento. –Hay que ver lo que le debe el branding a estas ferias– Él sabía muy bien que su ‘elevador de seguridad’ era muy fiable, pero para convencer al público presente en el Crystal Palace, realizó una de las acciones de marketing más celebradas del siglo XIX. Otis se montó en su elevador repleto de cajas pesadas y barriles y cuando llegó a cuatro pisos de altura, le pidió a su asistente que cortara la cuerda de suspensión. El elevador cayó violentamente, pero en lugar de chocar contra el suelo como hubiera ocurrido con otros aparatos de la época, el sistema de seguridad que había inventado se activó y paró el elevador sin causar daño alguno.

El diseño de ascensor que diseñó Otis es muy similar al tipo que todavía se usa hoy en día. Se trata de un dispositivo de engranajes que se enganchan con un rodillo dentado, que bloquean las guías por las que baja el elevador, en caso de que este descienda a una velocidad excesiva, por eso se le conoce como sistema de acuñamiento o paracaidas.

Como os podéis imaginar, después del numerito que montó Elisha Otis en el Crystal Palace de Nueva York, las ventas se duplicaron año a año. Otis acababa de cambiar el futuro de la arquitectura y el desarrollo urbanístico de las ciudades. Al fin y al cabo, el invento de Otis permitió la construcción de edificios de varias alturas provistos de elevadores seguros. De hecho, fue fundamental para que se construyera el primer rascacielos del mundo, el Home Insurance Building de Chicago, en 1885. Con sus 10 pisos y 42 metros de altura fue el primero que recibió el término ‘rascacielos’ por su altura y porque su estructura estaba construido con acero. Mientras que el primer ascensor para personas se instaló en Nueva York, en el 488 de Broadway el 23 de marzo de 1857.

Antes de acabar tengo que decir que Otis pasó sus últimos días desarrollando diferentes tipos de inventos como un motor de válvula de vapor de tres vías, para hacer la transición del elevador de arriba a abajo y detenerlo rápidamente; hizo realidad viejos proyectos como el horno de pan eléctrico o el freno para trenes; y patentó un arado a vapor y un horno giratorio. Hasta que contrajo difteria y murió el 8 de abril de 1861 con tan solo 49 años.

Sin lugar a dudas, Otis fue uno de tantos genios que se fueron de este mundo dejando muchas cosas por hacer, pero también dejó tras de si un legado de emprendimiento e innovación que se ha ido transmitiendo generación tras generación en su compañía. Esto explica que varias décadas después de su muerte, la compañía inventase otro ingenio de la ingeniería: las escaleras mecánicas.

Créditos

  • Intro: «Energetic Driving», GyMusic.
  • Incidental: «Pine Apple Rag», Scott Joplin.
  • Cierre: «That positive feeling», Alumo.

Fuentes

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