¡Hola, brander! ¿Sabes qué tienen en común el virus Zika, con Wikileaks y un farmacéutico de los bajos barrios de Chicago? Pues no pierdas de vista tus plantas porque esta semana te voy a contar la historia de Monsanto, y el origen de los transgénicos.
Te voy a contar una historia que lo mismo te deja flipando. Porque sí, te hablo de Monsanto, esa empresa que fijo te suena, aunque no tengas claro si es por algo bueno o porque se ha liado parda. Pero antes de meternos en harina, déjame que te lleve a esos años dorados de la cultura pop, cuando todo el mundo estaba enganchado a la primera Game Boy y el “grunge” lo petaba con sudaderas XXL y camisas de cuadros. ¿Te acuerdas? Esos tiempos en los que el drama máximo era rebobinar un casete con un boli Bic. Pues mientras jugábamos al Tetris o escuchábamos a Nirvana, había una empresa cocinando un plan que cambiaría la comida para siempre. Y ojo, que muchos dirían que no precisamente para bien.

Vamos con los transgénicos, esas movidas de laboratorio que parecen sacadas de una peli de ciencia ficción pero que, sorpresa, están más cerca de lo que crees. Resulta que, por los 90, los científicos descubrieron que podían coger un gen de un ser vivo y meterlo en otro para que tuviera nuevas habilidades. Como si a una calabaza le dieras poderes mágicos, pero sin la varita. El primer transgénico comercial fue un tomate, el Flavr Savr, que salió en 1994. ¿La promesa? Que no se ponía pocho tan rápido. Pero claro, esto fue como abrir la caja de Pandora: si se puede crear un tomate inmortal, ¿qué más se puede hacer?
Ahí entra Monsanto, que vio un negocio redondo en este rollo. Mientras soñábamos con hoverboards y coches voladores, ellos estaban tramando su plan maestro: semillas transgénicas que solo sobrevivían con Roundup, su herbicida estrella. Vamos, que te vendían el pack completo: semillas + herbicida. Lo suyo era capitalismo nivel jefe final.

¿Y quién tuvo la brillante idea de montar Monsanto? Pues un tal John Francis Queeny, un señor de Chicago que, en 1901, fundó la empresa con 5.000 pavos (que en su día era una pasta). El nombre lo sacó del apellido de su mujer, Olga Monsanto Queeny. Porque, claro, ¿qué hay más romántico que ponerle el nombre de tu señora a una empresa química? Al principio, la idea no era revolucionar la agricultura, sino algo mucho más sencillo: fabricar sacarina, ese edulcorante que estaba de moda porque no engordaba. Mientras otros se jugaban el dinero al póker, este tío lo apostó todo a una molécula dulce.

Monsanto empezó con sacarina, pero a mediados del siglo XX ya estaban metidos en plásticos, fibras sintéticas y herbicidas. Lo que de verdad los puso en el mapa fue el Agente Naranja, un herbicida usado en la Guerra de Vietnam que no solo arrasaba plantas, sino también personas. Aunque no fueron los únicos que lo fabricaron, el nombre de Monsanto quedó pegado a este marrón para siempre. Y esto solo fue el principio de una lista interminable de polémicas.
Y por si crees que la cosa acabó ahí, hace unos años Wikileaks soltó más de 900 mensajes que demostraban cómo el Gobierno de Estados Unidos empujaba a tope las semillas transgénicas, soltándose una fortuna y confundiendo a medios y políticos para que las leyes les fueran a favor. Si algo sabe hacer Monsanto, es moverse entre polémicas y tribunales. Eso sí, no todo se les ha colgado: hubo un rumor de que eran responsables de la expansión del virus Zika por un químico llamado piriproxifen, pero la OMS y otros expertos lo desmintieron rápido.

Por cierto, el nombre de Monsanto viene, como te decía, del apellido de la señora de Queeny. Un origen súper simple para una palabra que hoy suena como a laboratorio clandestino de una peli de Hollywood. Su logo, eso sí, tiene su miga: una hojita verde para parecer ecológicos, aunque fabriquen cosas que de naturales tienen poco o nada. Marketing de manual.
Monsanto también sabe jugar con la imagen. Han financiado estudios, campañas publicitarias e incluso programas educativos para convencer de las bondades de los transgénicos. Pero claro, también han sido muy agresivos legalmente, denunciando a agricultores que, según ellos, usaban sus semillas sin pagar… incluso si esas semillas llegaron a sus campos volando con el viento. Tela.
Por cierto, un dato curioso: en 2013 intentaron cambiarse de nombre, hartos de la mala fama, pero el tiro les salió por la culata y siguieron siendo Monsanto. En 2018, la empresa fue comprada por Bayer por más de 53.000 millones de dólares, cerrando así un capítulo, pero dejando un montón de preguntas abiertas.

Antes de cerrar, te dejo esta reflexión: Monsanto es un nombre que genera tantas opiniones como productos químicos ha fabricado. Son los que hicieron de los transgénicos un negocio millonario, pero también los malos de muchas historias sobre el poder corporativo y la ética. Para bien o para mal, han dejado huella.
Y si alguna vez te preguntas cómo algo tan pequeño como una semilla puede liarla tanto, acuérdate de que no es el tamaño lo que importa, sino quién tiene el control.
Branding rules!
Fuentes
economiasolidaria.org
1000logos.net
revistagq.com
euronews.com
quimica.es
diariovasco.com
John Francis Queeny
Herbicida
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